El dominico blanco
El dominico blanco »Debe de haberlo heredado de su señora madre. SÃ, muchos niños son visitados por la musa ya en la cuna. ¡Ofelia! ¡Ofelia! —Le dominó un violento entusiasmo; me agarró del brazo y me sacudió con fuerza—. ¿Sabe usted también, señor Taubenschlag, que Ofelia, mi hija, es una criatura bendecida por la gracia divina? El señor ParÃs siempre dice, cuando viene al taller a cobrar su sueldo: «¡El propio dios Vestalus debió de estar presente cuando usted la engendró, maestro Mutschelknaus!». Ofelia… —su voz volvió a convertirse en un murmullo—, pero esto es un secreto, igual que lo de… bueno, lo de las tapaderas. Eso es. ¡Hum! Ofelia vino al mundo a los seis meses. Eso es. ¡Hum! Otros niños necesitan nueve meses. Eso es. ¡Hum! Pero no es ningún milagro. También su madre nació bajo una estrella real. ¡Hum! Ahora fluctúa. Me refiero a la estrella. Mi señora esposa no quiere que nadie lo sepa, pero a usted puedo decÃrselo, señor Taubenschlag. ¿Sabe que estuvo a punto de sentarse en un trono? Y de no ser por mà (las lágrimas me anegan los ojos cuando lo pienso), hoy podrÃa sentarse en un carruaje con cuatro caballos blancos. Pero descendió hasta mÃ. ¡Hum! Eso es. Y lo del trono —levantó los tres dedos que prestan juramento— es verdad, por mi honor y mi salvación eterna que no miento. El señor director de escena Paris fue en su juventud (lo sé de sus propios labios) gran intendente del rey de Arabia en Belgrado, y allà organizó un harén para su majestad soberana. Eso es. Y mi actual señora esposa Aglaja fue, a causa de sus talentos, ascendida a primera dama de compañÃa (en Arabia se llama «Mai-Therese») o sustituta de la mano izquierda del soberano; entonces su majestad fue asesinado y el señor ParÃs y mi señora esposa huyeron por la noche a través del Nilo. Eso es. ¡Hum! AllÃ, como usted ya sabe, se convirtió en ninfa de mármol, en un teatro secreto que el señor ParÃs dirigió en otro tiempo. Hasta que ella renunció a la corona de laurel. También el señor ParÃs renunció a su profesión y ahora vive sólo para la formación de Ofelia. ¡Hum! Eso es. «Todos debemos vivir sólo para ella —suele decir—, y su sublime misión, maestro Mutschelknaus, es hacer todo lo posible para que la carrera artÃstica de Ofelia no se vea truncada en su origen». Ya ve usted, señor Taubenschlag, cuál es el motivo de que deba aceptar encargos de tan dudosa Ãndole. Hacer ataúdes no es rentable. Se muere muy poca gente. ¡Hum! Eso es. Para la formación de mi señorita hija tengo el dinero suficiente, pero el poeta mundialmente famoso, el profesor Hamlet de América, pide muchÃsimo dinero. Tuve que firmarle un pagaré y ahora tengo que matarme a trabajar. ¡Hum! Eso es. El señor profesor Hamlet es hermano de leche del señor ParÃs y, cuando oyó hablar del gran talento de Ofelia, escribió para ella una obra de teatro, con el tÃtulo El rey de Dinamarca. En el argumento el prÃncipe heredero va a casarse con mi señorita hija, pero su majestad, su señora madre, no lo permite y por ello mi Ofelia se tira al rÃo. ¡Mi Ofelia, al rÃo! —El anciano exclamó tras una pausa—: Cuando lo supe, se me destrozó el corazón. ¡No, no, no! ¡Mi Ofelia, la niña de mis ojos, mi todo, no puede tirarse al rÃo! Ni siquiera en una obra teatral. ¡Hum! Eso es. Y me arrodillé ante el señor ParÃs hasta que consintió en escribir al señor profesor Hamlet. El señor profesor Hamlet prometió que lo arreglarÃa para que mi Ofelia se casara con el prÃncipe heredero y no muriera ahogada si yo le firmaba un pagaré. El señor ParÃs firmó el pagaré y yo escribà tres cruces debajo de su firma. Usted quizá se reirá, señor Taubenschlag, ¡porque sólo se trata de una obra teatral y no de la realidad! Pero, verá, en la obra mi Ofelia también se llamará Ofelia. Ya lo sabe usted, señor Taubenschlag, soy un zoquete; ¿y si mi Ofelia se ahoga de todos modos? El señor ParÃs dice siempre que el arte supera a la realidad… ¡Qué importa si se cae al rÃo! Pero ¿qué serÃa entonces de mÃ?