El dominico blanco
El dominico blanco ¿No habría sido mejor en este caso que hubiera muerto asfixiado en el ataúd de metal?
Los conejos alborotaron en el interior del ataúd. El tornero tuvo un sobresalto y murmuró:
—¡Malditos conejos!
Se hizo una larga pausa; el anciano había perdido totalmente el hilo de la narración y parecía haber olvidado por completo mi presencia; sus ojos ya no me veían.
Al cabo de un rato se levantó, fue hacia el torno, colocó las correas de transmisión en la rueda motriz y lo puso en marcha.
—¡Ofelia! ¡No, mi Ofelia no debe morir! —le oí susurrar—. Debo trabajar, trabajar, pues de lo contrario no cambiará la obra de teatro y…
El zumbido de la máquina ahogó sus últimas palabras.
Me escabullí del taller sin hacer ruido y subí a mi habitación.
En la cama crucé las manos y, sin saber por qué, rogué a Dios que protegiera a Ofelia.