El Golem [Trad. Jose Rafael Hernandez Arias]
El Golem [Trad. Jose Rafael Hernandez Arias] Cuando me eché llegada la noche, él siguió mi ejemplo, se desvistió, colgó cuidadosamente su ropa en los clavos de la pared, se estiró y pareció, como se podía deducir de su respiración profunda y serena, haberse quedado dormido.
En toda la noche no encontré ni un minuto de reposo.
La continua sensación de tener a semejante monstruo en mi proximidad y de tener que respirar el mismo aire, me resultaba tan horrorosa e inquietante que las impresiones del día, la carta de Charousek y todo lo experimentado pasaron a un segundo plano.
Me había situado de tal manera que pudiera vigilar continuamente al asesino, pues no hubiera podido soportar tenerlo a mis espaldas.
La habitación estaba ligeramente iluminada por el resplandor de la luna y yo podía ver que Laponder yacía inmóvil, casi rígido.
Sus rasgos tenían algo de cadavérico y la boca semiabierta fortalecía esa impresión.
Durante cuatro horas no cambió su posición ni una sola vez.
Sólo después de la medianoche, cuando un delgado rayo lunar cayó sobre su rostro, pareció agitarse algo y movió incesantemente sus labios, como alguien que habla en sueños. Parecía repetir la misma palabra —tal vez trisilábica—, algo como: