El rostro verde
El rostro verde —… haberlo dejado morirse de hambre poquito a poquito —completó Pfeill, con sarcasmo—. Todo eso son tonterÃas. El que actúa motivado por el afecto tendrá mucho perdón, por haber amado mucho, desde luego, pero exijo que al menos se me pregunte primero si quiero que se me perdone algo. Porque pienso pagar todas mis deudas, incluidas las espirituales, hasta el último céntimo. Tengo la impresión de que mi alma, mucho antes de nacer yo, fue lo bastante inteligente como para desear grandes riquezas. Como medida de seguridad. Para no entrar en el cielo por el ojo de una aguja. A mi alma no le satisfacen los constantes cánticos laudatorios, y a mà también me horroriza la música monótona. ¡Si por lo menos el cielo no fuese más que una vana amenaza! Pero no. Estoy firmemente convencido de que existe una institución asà después de la muerte. De modo que lo mÃo es un auténtico número de equilibrista, vivir de una manera recta y escaparse a la vez del futuro paraÃso. Ya el difunto Buda se rompió la cabeza dándole vueltas a este problema.
—Y tú también, por lo que parece.