El rostro verde
El rostro verde »Verás, es a este arranque sistemático de las malas hierbas de mi interior a lo que denomino la fundación de un nuevo Estado: el Estado Libre, porque será un Estado absolutamente desinfectado de cualquier germen de falsos idealismos.
»Por consideración a los restantes sistemas existentes y al conjunto de la humanidad, a la cual no quisiera obligar a adoptar mis ideas, sólo he admitido un único súbdito en este Estado: yo mismo. También soy el único misionero de mi fe, y no necesito adeptos de ninguna clase.
—De lo que dices deduzco que no te has convertido en ningún tipo de organizador —observó Hauberrisser, tranquilizado.
—Hoy en dÃa cualquiera siente la vocación de organizar, lo cual basta para patentizar lo erróneo de tal vocación. Lo contrario de lo que hace la gran mayorÃa suele ser lo correcto.
Pfeill se levantó y comenzó a andar de un lado para otro.
—Ni siquiera Jesús se atrevió a organizar, se limitó a dar ejemplo. La señora del cónsul Rukstinat y consortes, esos sà que se atreverÃan a organizar. El derecho a organizar sólo le incumbe a la naturaleza o al espÃritu universal. Mi Estado tiene que ser eterno, no necesita ninguna organización. Si la tuviera no alcanzarÃa a cumplir su cometido.