El rostro verde
El rostro verde —Pero si tu Estado quiere servir para algo es indispensable que algún dÃa comprenda a muchos ciudadanos. ¿De dónde los sacarás, querido Pfeill?
—Escúchame: el hecho de que a una persona se le ocurra una idea significa que, simultáneamente, a muchos se les ha ocurrido lo mismo. El que no comprende esto, no sabe lo que es una idea. Los pensamientos son contagiosos, incluso cuando no los expresamos.
»O quizás cuando no los expresamos son todavÃa más contagiosos. Estoy persuadido de que en este momento ya se ha incorporado a mi Estado toda una multitud. Mi Estado terminará extendiéndose por el mundo. La higiene corporal, amigo mÃo, ha conocido grandes progresos; el miedo al contagio hace que desinfectemos hasta las manijas de las puertas, pero hay otras enfermedades bastante peores que las fÃsicas, el racismo, el odio entre los pueblos, el patetismo, etc., estas sà que habrÃa que esterilizarlas con una lejÃa mucho más potente que la de las manijas.
—Entonces, ¿lo que te propones es exterminar el nacionalismo?