El rostro verde
El rostro verde —¿Es usted distinto de otras personas en cuanto a su modo de pensar, de sentir? Distinto de mÃ, por ejemplo, o de su amigo Swammerdam. La otra tarde, cuando nos conocimos en su casa, no estuvo usted tan callado, señor Eidotter, sino mucho más vivo. ¿Tanto le ha afectado la muerte de Klinkherbogk? —lleno de compasión, cogió la mano del viejo—. Si está preocupado, o si necesita un descanso, confÃese a mÃ, yo haré todo lo que pueda por ayudarle. Además, no creo que ese negocio en el Zee Dijk sea lo más apropiado para usted. Quizás pueda encontrarle otra ocupación más… digna. ¿Por qué rechazar la amistad que se le ofrece?
Las cálidas palabras de Sephardi le cayeron bien al anciano. SonreÃa con la felicidad de un niño alabado, aunque no parecÃa comprender lo que Sephardi le proponÃa.
—¿Fui… fui distinto la otra tarde? —preguntó al fin, balbuceante.
—Desde luego. Habló largamente conmigo y con los demás. Era como… más humano. Incluso llegó a discutir con Swammerdam acerca de la Cábala. Deduje de ello que se habÃa dedicado usted mucho a la cuestión religiosa y a Dios.
Sephardi se interrumpió rápidamente, un cambio se estaba produciendo en el viejo.