El rostro verde
El rostro verde —Cábala… Cábala —murmuraba Eidotter—. SÃ, claro, estudié la Cábala. Mucho tiempo. Y Babli también y… y Jeruschalmi…
Sus pensamientos empezaban a perderse en el pasado lejano; los articulaba como si fueran ajenos, se expresaba como si estuviera enseñándole imágenes a otro, ahora despacio, ahora deprisa, conforme desfilaban por su memoria.
—Lo que dice la Cábala sobre Dios está equivocado. En la vida es completamente diferente. En aquella época, en Odessa, aún no lo sabÃa. En el Vaticano, en Roma, tuve que traducir pasajes del Talmud.
—¿Ha estado usted en el Vaticano? —exclamó Sephardi con asombro.
El viejo no lo oyó.
—Luego se me secó la mano.
Levantó el brazo derecho; los dedos de la mano aparecÃan encorvados y nudosos como raÃces, a causa de la artritis.
—En Odessa los griegos ortodoxos me tomaron por un espÃa, por mis relaciones con los goyyÃm romanos… y de pronto ardió nuestra casa, pero Elias, su nombre sea alabado, nos salvó del peligro, y mi mujer Berurje, yo y los niños, tan sólo nos quedamos en la calle.