El rostro verde
El rostro verde Eidotter se calló. Bajó la cabeza, pensativo, y se puso a arrancarse hilillos de las costuras de su kaftán. ParecÃa tener plena conciencia. Sin embargo, no debÃa experimentar ningún dolor, porque al cabo de un rato continuó con voz clara:
—Más tarde, cuando quise volver a estudiar la Cábala, no pude, porque tenÃa intercambiadas las luces de los Makifim.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Sephardi, tembloroso—. ¿Que el terrible dolor habÃa trastornado su mente?
—El dolor, no. Y tampoco mi espÃritu está trastornado. Es como lo que se dice de los egipcios, que tenÃan una poción que provoca el olvido. De otra manera, ¿cómo podrÃa haber sobrevivido? Después de aquello, durante mucho tiempo no supe quién era, y cuando recobré la memoria, me faltaba lo que el hombre necesita para llorar, y también algunas cosas que hacen falta para pensar. Las Makifim estaban invertidas. Desde entonces tengo la cabeza en el corazón y el corazón en la cabeza, por decirlo de alguna manera. Sobre todo en determinados momentos.
—¿PodrÃa explicármelo? —preguntó Sephardi suavemente—. Pero sólo si le apetece, por favor. No quisiera que crea que se lo pregunto por curiosidad.
Eidotter lo cogió de la manga.