El rostro verde
El rostro verde —Mire, doctor. Cuando le doy un pellizco a la tela, usted no siente ningún dolor, ¿no? Si le duele a la manga, ¿quién puede saberlo? Pues lo mismo me sucede a mÃ. Lo sé muy bien, pero no lo siento. Porque mis sentimientos están en mi cerebro. Tampoco me es posible dudar de lo que se me dice, como solÃa hacerlo en mi juventud, en Odessa. Tengo que creerlo, porque mi cerebro está en mi corazón. Del mismo modo, no puedo reflexionar como antes, o se me ocurre algo o no se me ocurre nada. Si se me ocurre, entonces es que es asà en realidad, lo percibo tan nÃtidamente que no podrÃa distinguir si lo he vivido o no. Por eso ni siquiera trato de reflexionar sobre ello.
—¿Y sus quehaceres cotidianos? ¿Cómo se las arregla para llevarlos a cabo?
Eidotter señaló la manga nuevamente.
—Cuando llueve la ropa nos protege de la humedad, y cuando brilla el sol nos protege del calor. Que usted se preocupe o no de ello no importa, la ropa lo hace por sà sola. Mi cuerpo se ocupa del negocio, pero yo no sé nada sobre eso. Rabbà Simón ben Eleasar dijo: «¿Acaso visteis jamás un pájaro ejerciendo una profesión? Y sin embargo se alimenta sin problemas. ¿No deberÃa alimentarme sin problemas yo también?». Naturalmente, si las Makifim no estuvieran intercambiadas dentro de mi, no podrÃa dejar sólo a mi cuerpo, estarÃa atado a él.