El rostro verde
El rostro verde El doctor Sephardi habÃa pedido al barón Pfeill y a Swammerdam que vinieran a su casa. Llevaban más de una hora en su biblioteca.
Era ya noche cerrada. Hablaron de mÃstica, de filosofÃa, de la Cábala, y del extraño Lázaro Eidotter, el cual, liberado hacÃa tiempo, habÃa retornado a su negocio de bebidas alcohólicas, pero la conversación volvÃa siempre a la persona de Hauberrisser.
Al dÃa siguiente era el entierro de Eva.
—¡Es terrible! ¡Pobre hombre! —exclamó Pfeill, levantándose para andar por la habitación con pasos agigantados—. Si me pongo en su lugar me dan escalofrÃos —se paró y miró a Sephardi—. ¿No deberÃamos ir a verlo y hacerle compañÃa? ¿Qué opina usted, Swammerdam? ¿Podemos excluir que se rompa esa tranquilidad incomprensible en la que está sumergido? Si de repente volviera en sà y se encontrara solo y abandonado en su dolor…
Swammerdam negó con la cabeza:
—No se preocupe por él, señor. La desesperación ya no puede alcanzarlo. Eidotter dirÃa que sus luces han sido intercambiadas.
