Pétalo carmesÃ, flor blanca
Pétalo carmesÃ, flor blanca William se acercó lentamente, como si temiera romper la frágil intimidad del momento. Al mirar los papeles, vio palabras llenas de furia y pasión, una mezcla de poesÃa y condena dirigida a un mundo que nunca le habÃa dado una oportunidad.
—Eres más de lo que aparentas, Sugar —murmuró. Ella sonrió, pero habÃa un filo en su expresión. —¿Y tú? ¿Qué aparentas ser, William Rackham?
La pregunta lo desarmó. Durante años, habÃa jugado el papel de hijo obediente, esposo abnegado, empresario resignado. Pero frente a Sugar, todas esas máscaras se desmoronaban.
—Quiero que seas solo para mà —dijo, su voz cargada de deseo y algo más profundo: desesperación.
Sugar lo observó en silencio durante un largo instante, como si estuviera evaluando las implicaciones de sus palabras. Finalmente, se levantó y caminó hacia él, cada paso calculado.
—Eso tiene un precio, William. Mi libertad no es algo que se regale.
El trato fue implÃcito pero inquebrantable. William aceptó pagar una suma exorbitante para que Sugar fuera exclusiva para él, una transacción que era tanto comercial como emocional. Pero en ese acuerdo se escondÃan grietas, porque Sugar no era una simple mercancÃa, y William no era un simple comprador.