Historia de un pepe
Historia de un pepe Doña Engracia casi no se fijó en la impresión que hizo en su hija la noticia que acababa de dar don Diego. Un acontecimiento como aquél, en aquellos tiempos, salía de los límites de lo extraordinario y rayaba en lo estupendo. La señora quedó, pues, al oír la noticia, poco menos impresionada que su hija, aunque por un motivo harto diferente. Doña Engracia apenas conocía al cadete Fernández, y sentía su muerte, como sentiría la de cualquier otro prójimo; pero el atrevimiento de la cuadrilla de Pie de lana era para erizar los cabellos a cualquiera.
Oyó, pues, con gusto y consuelo, la réplica tan rotunda de la negra Mariana, que ponía en duda la autenticidad de la noticia, y por poco autorizada que fuese la contradictora, no vaciló en adherirse a su opinión.
—Yo no sé —dijo Arochena, picado de que se diese más importancia a las palabras de una criada que a lo que él decía— yo no sé en qué pueda fundarse esta mujer para poner en duda lo que afirma toda la ciudad; y extraño que mi señora doña Engracia le dé más crédito que a mí. En fin, pronto sabremos a qué atenernos.