Historia de un pepe

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—Pie de lana —contestó don Pedro—, ha llevado lo que merecía por su atrevimiento. Atacó la escolta; pero nuestros oficiales y soldados pelearon como leones y los bandoleros huyeron en completa derrota. Es verdad que tuvimos algunos muertos y heridos, entre éstos el cadete Fernández, por fortuna no de gravedad. Este valeroso joven peleó cuerpo a cuerpo y a pie contra el jefe de la gavilla, que estaba bien montado, y a no haber sido porque uno de los ladrones disparó su trabuco sobre el cadete, habría sido el último día de Pie de lana. Todos se hacen lenguas de ese oficial, y acabo de saber que Su Excelencia ha firmado hoy el despacho de teniente en su favor, premiándolo con dos grados.

Si Matilde no había podido reprimir la expresión de su dolor al escuchar la falsa noticia de la muerte de Gabriel, le fue igualmente difícil disimular la alegría que le causó lo que refería su padre. La herida era leve, y la fama pregonaba en la ciudad el heroísmo del hombre a quien amaba. Doña Engracia y la negra Mariana celebraron el acontecimiento, y sólo el respeto que ésta tenía a su amo hizo que no se burlara de Caín en sus propias barbas. Verdad es que éste tampoco le dio tiempo de que lo hiciera, pues viendo deshecha su perversa maquinación, tomó el sombrero y dijo sonriéndose:


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