Historia de un pepe
Historia de un pepe —¡Cuánto me alegro de que sea falsa la noticia que me dieron de la desgracia del cadete! Voy ahora mismo a dar los parabienes por el ascenso a la persona que tiene en la ciudad más derecho que nadie para celebrar la buena fortuna de Gabriel Fernández.
—¿Y quién es esa persona? —preguntó doña Engracia con curiosidad. Su padre no está aquÃ, y no sé yo que tenga parientes.
—Parientes, no —contestó el del pelo rojo, riéndose—; pero novia, sÃ. Pues qué, señora, ¿ignora usted que ese joven va a casarse de un dÃa a otro con la hija del capitán retirado y maestro de armas, don Feliciano de Matamoros? A este digno suegro de tal yerno, es a quien voy a comunicar la buena nueva, para que la trasmita a su hija… la… no sé cómo se llama. Una costurera.
Diciendo asÃ, el diabólico abogado hizo a la señora y a Matilde una profunda reverencia, y se marchó. La joven podÃa apenas contener las lágrimas que le arrancaba el despecho.
—¿Es cierto eso, Matilde? —dijo doña Engracia—; tú debes saberlo, pues tratas con alguna intimidad a la hija de Matamoros.