Historia de un pepe

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No hay que decir que don Feliciano absolvió en el acto al abogado pelirrojo del atrevimiento y más que de prisa fue en busca de dos vasos, un paquete de puros y un tirabuzón. No nos cabe la menor duda de que la conversación comenzó con el asunto del reo y con lo de los datos que necesitaba don Diego para la defensa; pero no sabemos cómo vino a suceder que al tercer vaso los dos amigos hablaban de Rosalía y de Fernández. El capitán refirió al abogado de pe a pa el principio y la marcha de los amores de su hija con el joven oficial, sin ocultar pormenor ni circunstancia alguna, teniendo en cuenta el consejo prudente que él había dado, apoyándose en el ejemplo de Fabio Máximo. Se manifestó muy satisfecho de no haber querido precipitar las cosas, aunque sí añadió que no dejaba de chocarle lo que tardaba la respuesta del padre de Gabriel, pues le parecía que era ya tiempo sobrado de que se hubiese recibido.

El abogado hizo como que tomaba un buen trago de ron y dijo al capitán:

—Pues yo, mi amigo don Feliciano, creo, salvo el mejor parecer de usted que habría sido más oportuno acceder desde luego a los deseos del joven y no aguardar un consentimiento que tenía que ir a buscarse a dos mil leguas de distancia.


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