Historia de un pepe

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—Pero ¿cómo se había de hacer, ¡sable y lanza! —contestó el capitán—, si al tal novio le ocurrió nacer demasiado tarde y no tiene todavía edad para casarse sin el consentimiento de su padre?

—Muy sencillamente —replicó el letrado—; un matrimonio clandestino, que es tan válido como cualquiera otro, habría salvado la dificultad, y todo se componía con unos cuantos días de arresto y con asistir a la misa de ocho con una vela encendida en la mano, cosa que, como usted ve, no habría quitado un pedazo a los novios.

—Pero, ¿y si don Fernando Fernández desheredaba a su hijo? ¿Qué había de desheredar? ¿No sabe usted que todos los padres, aun en casos peores, comienzan a hacer cara de Gestas a los recién casados y poco a poco van tragando la píldora y acaban por estar con el yerno «santo, dónde te pondré», y más cuando a su tiempo viene el nietecito, que por supuesto tiene toda la cara de su abuelo?

—¡Voto a bríos! —exclamó Matamoros, echándose el quinto vaso—, que tal vez no le falta a usted razón, mi amigo don Santiago de Michelena; y a la hora ya estuvieran casados y perdonados y yo a punto de ser abuelo; pero a lo hecho pecho; ahora no hay más que aguardar, que por fortuna de un día a otro estará aquí el permiso y todo se hará como Dios manda.


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