Historia de un pepe
Historia de un pepe —El permiso, señor don Feliciano —replicó don Diego de Arochena—, tiempo hace que deberÃa estar aquà y yo me temo que en esto anda alguna intriga que ni usted ni nadie podrá desenmarañar. Ello es que la gente habla y el buen nombre de la niña de usted lo padece. La verdad, yo en su lugar mandarÃa al diablo al tal novio y no volverÃa a pensar en semejante boda.
—¡Cómo! ¡Mandar al diablo al teniente Fernández de Córdoba! —gritó el capitán, dando en la mesa un puñetazo que hizo bailar los vasos y botella, ya casi vacÃa—. ¡A un joven que tiene delante las mejores esperanzas, que es hijo de un hombre que lo idolatra y que le manda un caballo que no vale menos de cinco mil duros, y dos esclavos moros que Dios sólo sabe lo que costarÃan! ¡A ese novio quiere usted que mande yo al demonio! Primero me dejo… vamos hombre, no me haga usted hablar lo que no debo.
Para ahogar la cólera de que se sentÃa poseÃdo, el capitán apuró el sexto vaso de ron, con lo cual le pareció que su interlocutor, sin saber cómo, se habÃa vuelto dos.
Don Diego dejó pasar la primera explosión del furor de don Feliciano y le dijo: