Historia de un pepe
Historia de un pepe —Cuento —contestó Arochena—, con la fuerza de mi voluntad; mis móviles son el deseo de distinguirme y el de vengar un agravio.
—¿Y de quién pretende usted vengarse?
—De uno que me ha jugado una burla sangrienta y que si mis conjeturas no me engañan, es el jefe oculto de esa asociación tenebrosa y a quien el vulgo llama Pie de lana. No puedo ni debo decir más. Si vuestra excelencia cree conveniente fiarse de mà y aceptar mi propuesta, repito que antes de seis meses la ciudad estará tranquila. Si no lo cree conveniente, sÃrvase vuestra excelencia hacer cuenta que nada he dicho.
El presidente guardó silencio. El caso era grave. La inteligencia perspicaz del viejo gobernador habÃa comprendido que Arochena era capaz de hacer lo que ofrecÃa; pero por otra parte, imponer al Ayuntamiento un hombre sin las condiciones requeridas para un puesto tan importante y codiciado, era dar un golpe a las primeras familias del reino, que se le mostraban ya bastante hostiles. Después que hubo meditado detenidamente la resolución que deberÃa tomar, dijo el presidente:
—Usted será elegido alcalde de primer voto; pero si antes de seis meses no me entrega a Pie de lana, lo remito a España bajo partida de registro y acabará sus dÃas en uno de nuestros presidios de Ãfrica.
Arochena hizo una profunda cortesÃa al presidente y se retiró.