Historia de un pepe

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CAPÍTULO XXVI

Jugar con fuego

En los primeros días de febrero de 1812 se recibió en Guatemala un decreto del Consejo de regencia que gobernaba la monarquía en ausencia y cautividad de Fernando VII, en el cual se concedían ascensos a varios jefes y oficiales del ejército y milicias del reino. Uno de los favorecidos fue nuestro amigo el teniente Gabriel Fernández de Córdoba, que recibió el grado de capitán. Además de que no le faltaría la recomendación de sus jefes, como que era uno de los oficiales más cumplidos del batallón, hubo otra circunstancia que debió haber tenido parte en la concesión de la gracia. Se había abierto algunos meses antes una suscripción voluntaria para ayudar a los gastos que exigía la guerra, y se vio aparecer en la lista de los donativos el nombre del teniente Fernández con cinco mil pesos. No se sorprendió poco el mismo Gabriel al saber que había andado tan generoso con el rey cautivo, y desde luego atribuyó a su tutor aquella buena inspiración. Acertado o no el juicio del joven oficial, lo cierto es que no se hizo esperar mucho la recompensa de su celo patriótico.


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