Historia de un pepe

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No hay para qué decir que la revelación que contenía aquel escrito no sorprendió a Urdaneche, que no ignoraba lo substancial de ella, aunque no tuviese conocimiento de las circunstancias que la acompañaron. Después de reflexionar un momento, le pareció prudente dar conocimiento a don Juan de Montejo de lo que ocurría, antes de decir una palabra a Gabriel; y como su salud estaba cada día más delicada y no salía a la calle sino para ir a la casa comercial, escribió dos líneas a don Juan, rogándole pasara a verlo sin pérdida de tiempo.

Media hora después estaba Montejo en el gabinete de don Andrés, a quien encontró pálido, desencajado y con un aspecto más de muerto que de vivo. El viejo negociante puso en manos de don Juan la carta de Cádiz en que le daban aviso del fallecimiento de Fernández, y luego que la hubo leído, le presentó el pliego a que se refería la carta.

—Esto tenía que suceder al fin —dijo Montejo con tranquilidad—. ¿Y qué piensa usted hacer?

—Cumplir inmediatamente con la recomendación —contestó Urdaneche.

Don Juan permaneció pensativo durante un momento, y luego dijo:

—Pues yo suplico a usted difiera por algunos días el dar cumplimiento a ese encargo.


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