Historia de un pepe

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—Fernández —contestó fríamente Urdaneche—, ha sido corresponsal de la casa, y debo en tal concepto, dar cumplimiento a sus órdenes, con exactitud y sin tardanza.

—Pero aquí no se trata —replicó Montejo—, de un negocio, sino de un asunto puramente privado.

—Entre don Fernando Fernández de Córdoba y yo —dijo don Andrés—, no han mediado nunca más que relaciones comerciales, y si me ha dejado este pliego con encargo de abrirlo a su muerte, es porque somos sus únicos corresponsales en Guatemala. Tenía algunos fondos en la casa, pues hasta ahora no ha dispuesto sino de una parte del valor de las existencias que le compramos, y es necesario que Gabriel, al saber la muerte del que ha considerado padre suyo, sepa la verdad y que no tiene derecho a reclamar parte alguna de la herencia.

—Pero si usted hace público el contenido de ese pliego —exclamó Montejo, poniéndose rojo de ira—, se hará imposible el matrimonio de mi… de Gabriel con Matilde de los Monteros.

Urdaneche levantó ligeramente los hombros por toda contestación.

—Creo, señor don Andrés —continuó don Juan—, que algunas obligaciones más me debe a mí la casa de Agüero y Urdaneche que las que puede deber a don Fernando Fernández de Córdoba.


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