Historia de un pepe
Historia de un pepe 
Una aparición.
La diplomacia de doña Catalina
¿Cómo sabía el licenciado Jerónimo Rosales que Gabriel era primo suyo? He aquí un punto que necesita explicación.
Dos días después de la muerte de Arochena, se presentó en casa de don Jerónimo una señora como de sesenta años, más bien más que menos, de apariencia modesta y vestida con un traje tan modesto como su apariencia. Llevaba una saya un mantón de alepín negro, unas tocas blancas en derredor de la cara y un enorme rosario de cuentas gordas pendiente de un cinturón de cordobán que le ceñían el talle.
Rosales examinó detenidamente a aquella mujer. En su larga práctica en el bufete de Arochena había tenido que tratar con muchas bribonas; pero cuando hubo estudiado un poco la fisonomía de la de las tocas, formó el concepto de que aquella honrada dueña podría dar lecciones de bellaquería a la más redomada en el oficio.
—¿Es el señor licenciado don Jerónimo Rosales —dijo, levantando apenas los ojos del suelo—, la persona con quien tengo el honor de hablar?
