Historia de un pepe
Historia de un pepe A los pocos meses de intimidad entre Montejo y mi pupila, aparecieron pruebas evidentes de que el infame habÃa abusado de mi credulidad y del afecto que supo inspirar a la pobre niña que…
—¿Montejo ha dicho usted? —interrumpió don Jerónimo—. ¿Será, pues Gabriel hijo de mi tÃa, doña Catalina de Urdaneche?