Historia de un pepe
Historia de un pepe Creció Catalina en años no menos que en belleza y en virtud, en la que yo, aunque mala, procuraba afirmarla, inculcándole sanas doctrinas y citándole buenos ejemplos. Don Andrés estaba satisfecho de la educación que recibía su hija, y yo por mi parte veía con gusto que mis esfuerzos para hacer de mi pupila una santita, no eran perdidos.
—Pero, ¡ah, señor, don Jerónimo de mi alma! el enemigo maligno, que nos acecha a toda hora y no deja escapar ocasión de dar al traste con la virtud más acrisolada, tomó la forma de un cierto don Juan, el cual vio a Catalina en la iglesia, y verla y quedar locamente enamorado de ella, fue todo uno. Aquel Satanás disfrazado, dio traza y modo de hablarme, sin que pudiera yo evitarlo. Me rogó, me pintó su pasión en los términos más expresivos, como que el demonio hablaba por su boca; me juró que su intención era casarse con Catalina, y que si no se declaraba de luego a luego con su padre, era por ciertas razones graves que no podía revelarme.
Era rico, buen mozo y cumplido caballero. Confieso que me interesé por él y creí que procedía de buena fe. ¡Oh, mil veces pérfido y artificioso don Juan y cuán pronto se descubrió que todo aquello no era más que una red que tendía a la cándida paloma, y a mí, no menos simple que ella!