Historia de un pepe

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Luego lo que se dijo de la muerte de la hija de don Andrés no era cierto —exclamó Rosales, que prestaba ya poca atención a las palabras de doña Dorotea—. Gabriel es curioso. Si lo hubiéramos sabido tres días antes, ¡qué diferente giro habrían tomado las cosas! En fin, lo sucedido no tiene ya remedio.

—Señor —dijo la de las tocas—, ¿podré esperar que se haga justicia a mi reclamo, que se me pague lo que alcanzo?

—Es necesario —contestó Rosales—, que vea yo los libros de don Andrés. Mi tío era hombre muy exacto y cumplido y es extraño que usted tuviese mensualidades rezagadas.

—Como no las necesitaba —replicó doña Dorotea—, y estaban en manos muy seguras, las iba dejando en la casa.

—Si usted se sirve volver dentro de dos días —dijo don Jerónimo—, podré darle una contestación.

Doña Dorotea se despidió ofreciendo volver, y Rosales se quedó entregado a sus cavilaciones. Todo el misterio del origen de Gabriel estaba explicado. Recordando el carácter de su tío, comprendió que al saber la falta de doña Catalina, la había lanzado de su casa y esparcido la falsa noticia de su muerte.


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