Historia de un pepe
Historia de un pepe —Tal vez no es desgracia, hijo mÃo. Quizá si examinaras desapasionadamente tu corazón, encontrarÃas que dejaste escapar la felicidad, una felicidad sólida y real, por correr en pos de la fingida y aparente. Como cuentan que hacÃan nuestros antiguos indios, cambiastes un verdadero tesoro por un juguete insignificante.
—¿Lo sabe usted?, ¿lo sabe usted? —exclamó Gabriel, poniéndose de rodillas delante de su madre, y ocultando en su seno su rostro bañado en lágrimas—. ¡Oh, sÃ! Es verdad. Fui un insensato, un pérfido. ¡Hollé con planta indiferente el corazón de la que me adoraba y corrà a donde me llamaban el orgullo y la vanidad! RosalÃa es un ángel, que habrÃa hecho mi dicha, y Matilde me ha arrojado como arrojarÃa una de las joyas que ostenta en su tocado, si descubriese que era de plata sobredorada. He sido un loco, he cometido una mala acción y ahora es justo que lleve el castigo que yo mismo me he buscado.
Doña Catalina dejó que su hijo desahogara su pena y su remordimiento, y le dijo: