Historia de un pepe
Historia de un pepe —Nunca es tarde, hijo mÃo, para reparar un error, o al menos para procurarlo. Voy a decirte lo que no pude revelarte pocos dÃas hace, cuando me lo preguntaste. RosalÃa, a quien, ignorando lo que habÃa pasado, insté vivamente para que me acompañara a asistirte, condescendió al fin con mis ruegos, bajo el conocimiento y mediante mi promesa de no decirte que habÃa venido. Hoy que todo lo sé, me creo relevada de la obligación de conservar ese secreto y debo decirte que te ha cuidado como una amiga, como una hermana, como…
—¿Cómo qué más? madre mÃa —dijo Gabriel—; concluya usted, por Dios. ¿Será posible que RosalÃa no me haya olvidado?
—Almas como la de esa joven —contestó la señora—, no olvidan jamás.
—¿Habrá perdonado mi deslealtad, mi traición? —Almas como la de RosalÃa perdonan siempre.
—¿Estará dispuesta a devolverme su afecto, su amor?
—Eso ya es diferente —dijo doña Catalina—. Si he de decirte lo que creo, temo que si hoy te encontraras con ella y le hicieras alguna indicación, recibirÃas solamente una repulsa cortés pero terminante. Es necesario dejar eso al tiempo y a mi cuidado.