Historia de un pepe
Historia de un pepe —¿Es decir —continuó diciendo luego—, que si la que estaba destinada a ser tu esposa hubiera sido una joven menos encumbrada, probablemente no te habrÃa desdeñado porque cambiabas el apellido de Fernández por el de Bermúdez?
—Asà lo creo —contestó Gabriel, exhalando un suspiro.
—Si en vez de apasionarte —continuó doña Catalina—, de una mujer llena de cualidades, si quieres, pero altiva y desdeñosa, hubieses entregado tu corazón a otra, modesta, sencilla, buena, que no buscara en ti el brillo de un apellido ilustre, sino tus prendas personales, hoy que has perdido todo aquello que era en ti ajeno y prestado, te querrÃa lo mismo que antes, o más que antes tal vez; porque las almas generosas aquilatan su amor en el crisol del infortunio.
—¡Oh, sÃ! —exclamó Gabriel, dejando caer tristemente la cabeza sobre el pecho—. Una mujer como… la que usted pinta, no me habrÃa despreciado, y al descender los escalones del patÃbulo a donde acompañé a mi padre, me habrÃa elevado aún más en su concepto. Pero mi desgracia no lo ha querido asÃ.