Historia de un pepe
Historia de un pepe —Usted no puede ignorar —respondió Pedrera—, que he sido condenado a muerte; que han ofrecido quinientos pesos al que me entregue a la justicia y amenazado con penas severas a cualquiera que me oculte. Estaba yo escondido en una casa con la cual comunica ésta por el interior. Me han denunciado y me buscan. Están registrando la casa donde estaba y he pasado a ésta sin saber que ustedes la ocupaban. Veo que mi destino me ha traÃdo a muy mal lugar, y (dirigió una mirada al soslayo a doña Catalina), y voy a ver si puedo pasar a otra de las vecinas.
—No tendrÃa usted tiempo —replicó Gabriel—; oigo ya voces y tropel de gente en el patio interior de la casa. Dentro de un minuto estarán aquà los que buscan a usted. Sé a lo que nos exponemos mi madre y yo; pero usted está en nuestra casa y no son doña Catalina de Urdaneche ni Gabriel Bermúdez los que envegan a un hombre que ha buscado asilo bajo su techo.
Diciendo asÃ, Gabriel cerró la puerta y comenzó a buscar dónde ocultar al escribano. No habÃa absolutamente en aquella mal amueblada salida dónde poder hacerlo. Los agentes de la autoridad llamaban ya a la puerta. Doña Catalina dijo a Pedrera: «venga usted», y haciendo que se agazapara bajo el sofá de rejilla, se sentó y cubrió con la falda de su vestido al que habÃa sido su carcelero y su verdugo durante doce años.