Historia de un pepe
Historia de un pepe Gabriel abrió y se precipitaron en la sala un teniente del Fijo, diez soldados del mismo cuerpo y el delator Cristóbal de Oñate. El oficial se detuvo, por un sentimiento de respeto al que acababa de ser su superior, y los soldados descansaron sobre los fusiles.
—¿Qué se le ofrece a usted en mi casa, señor oficial? —preguntó Gabriel, en tono serio, pero cortés.
—Ha pasado aquÃ, de la vecindad —contestó el teniente, llevándose la mano a la gorra por un movimiento maquinal—, un reo a quien tengo orden de capturar, vivo o muerto: el escribano real don Ramón MartÃnez de Pedrera. Suplico a usted lo entregue y no se exponga a las penas severas a que sujeta el bando del capitán general a cualquiera que oculte a dicho reo.
—El que ha llevado ese uniforme, señor teniente —contestó Gabriel, señalando al del oficial—, no comete una acción indigna. Yo no diré a usted si la persona a quien busca está o no está en mi casa; pero suplico a usted no vuelva a hacerme una proposición como la que acabo de escuchar.
—Perdone usted —dijo el teniente, alargando la mano a Gabriel—; las órdenes que he recibido son terminantes.
—Haga usted —replicó Gabriel—, lo que considere su deber, que yo cumplo el mÃo; y cruzó los brazos, sin pronunciar una palabra.