Historia de un pepe

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El oficial echó una ojeada en derredor de la salita y pidió permiso a Gabriel para registrar las otras habitaciones. Contestole éste que hiciera lo que gustara, y con esto salió el teniente seguido de Oñate y de los soldados. Dejó dos de éstos a la puerta y registró las otras piezas de la casa. Volvió para despedirse de Gabriel, y cuando éste creía salvado al infeliz escribano, dijo Oñate al teniente:

—Perdone usted. ¿No sería conveniente ver si bajo ese sofá se oculta el reo a quien hay orden de prender? Parece sería del caso que la señora tuviera la bondad de levantarse un momento.

El oficial se mordió los labios, y dijo a doña Catalina:

—Sírvase usted, señora, ponerse en pie.

La señora tuvo que hacerlo, y el malvado delator, que alcanzó a ver al escribano, se acercó y apartando la falda del vestido de doña Catalina, puso al reo a la vista de todos los presentes.

—Es usted un infame —exclamó Gabriel, dirigiéndose a Oñate y descargándole una tremenda bofetada en la mejilla. El delator no hizo más que levantar los hombros.

El oficial mandó asegurar al reo, y trataba de marcharse; pero don Cristóbal lo detuvo y le dijo:


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