Historia de un pepe

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Oñate corrió a la tesorería real por sus quinientos duros, y en adelante nadie volvió a llamarlo don Cristóbal, sino don Judas. Cuando doña Dorotea fue a reclamarle las cuatro onzas, haciendo valer la importancia del servicio que le había prestado, don Judas, sin decir palabra y con una cara de vinagre, sacó cuatro pesos y los presentó a la dueña. Los recibió ésta y sin retirar la mano, dijo:

—Faltan sesenta. Usted me ofreció cuatro onzas.

—De plata —contestó el delator—; y harto pagada está usted, vieja malvada, con estos cuatro duros y los otros diez que me arrancó, por lo poco que ha hecho.

—Satanás cargue con usted, Iscariote —gritó la dueña—; y ¡ojalá que tenga yo vida para verlo danzar en la cuerda, como va a bailar el escribano!

—Espero ser yo el que le tire a usted las patas, bruja —dijo Oñate— y tomándola por un brazo, la plantó en la calle y cerró la puerta.

Martínez de Pedrera fue despachado brevemente. No habiendo acudido a los emplazamientos que le había hecho la justicia, y seguida la causa con los estrados del tribunal, había sido condenado a la pena ordinaria de último suplicio. Averiguada la identidad de la persona, hizo su disposición testamentaria, entró en capilla y a los tres días fue conducido al suplicio. Confesó sus crímenes y sufrió la muerte con serenidad.


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