Historia de un pepe

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La elección de Gabriel era generalmente aprobada; pues la fama de las virtudes de Rosalía había pasado del estrecho círculo de las personas que la conocían y esparcídose por la ciudad. La paciencia con que sufría las impertinencias de su padre, el maternal desvelo con que cuidaba de sus hermanos pequeños y aun la dignidad y resignación con que había sobrellevado la deslealtad de su novio (que se supo por las vecinas), todo se le tomaba en cuenta, como sucede de ordinario en los lances supremos de la vida de la mujer: el matrimonio y la muerte.

El oidor González, no pudiendo apadrinar personalmente al que había sido preceptor de su niño, a causa de la prohibición contenida en la ley 48, título 16, libro 2o., de la recopilación de Indias, ofreció espontáneamente a Gabriel que lo haría su hijo el capitán. Paquita le perdonó el chasco que le había dado resultando con no ser bandido ni cosa que lo pareciera, sino un hombre de bien a carta cabal, y quiso ser madrina; ofertas que fueron aceptadas con agradecimiento.

Fijado el día en que debía tener lugar la boda, la víspera como a las seis de la tarde, se ocupaba Rosalía en algunos preparativos para la ceremonia. Don Feliciano, Antonio y la niña hermana de aquélla andaban haciendo algunas compras. Llamaron a la puerta; fue Rosalía a abrir y se encontró con una mujer anciana y temblorosa, que mostraba estar muy afligida.


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