Historia de un pepe

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—Tengo una hija —dijo la vieja—, joven como de la edad de usted, que está en punto de muerte. Somos solas, no hay quién me ayude a asistirla, ni aun a quien dejar un momento con ella mientras voy en busca de un sacerdote. Sé que usted es buena y caritativa; ¿quiere tener la bondad de hacer mis veces por un cuarto de hora a la cabecera de la enferma mientras yo voy a traer al cura?

—Estoy sola —contestó Rosalía—, mi padre y mis hermanos deben volver pronto y extrañarán el no encontrarme.

—Vivo cerca de aquí —replicó la anciana—; por el amor de Dios, no se niegue usted, pues mi hija se va a morir sin confesión. Cuando su señor padre venga, ya usted estará de vuelta, pues es cosa de un cuarto de hora y no más.

Rosalía vaciló aún; pero pudo más su natural bondad; y tomando un pañolón, dijo a la vieja:

—Vamos; pero no podré estar fuera de casa más que quince minutos. Procure usted, pues, volver pronto con el padre.

Echaron a andar. La casa no estaba tan cercana como había dicho la vieja. Empujó ésta la puerta, y pasando un estrecho zaguán, atravesaron un corredor. Abrió otra puerta que daba a una habitación, y dijo la anciana:


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