Historia de un pepe
Historia de un pepe A las seis de la mañana volvió Gabriel, pálido, desencajado más por la pena que por la vigilia. Había recorrido la ciudad en todas direcciones, sin encontrar el menor indicio de la joven. Hacía ya dos horas que aguardaban el cura, los padrinos y testigos, que habían sido citados para las cuatro. Con mano convulsiva trazó unas pocas líneas en un papel, suplicando al hijo del doctor González que lo excusara; pero que un inconveniente imprevisto lo obligaba a retardar la boda. Escribió en el mismo sentido al párroco y a los testigos y envió los billetes con la muchacha que los servía.