Historia de un pepe

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Hecho esto, volvió a salir y se dirigió a casa de su amigo Hervias, única persona a quien se atrevía a confiar lo sucedido. Con asombro oyó el joven capitán la relación de Gabriel; y en el acto salieron juntos a ver si la casualidad les proporcionaba algún indicio de lo que podría haber sido de Rosalía, antes de ocurrir a la autoridad, lo que no quería hacer Gabriel sino en el último caso. Nada vieron, nada oyeron que pudiera sacarlos de aquella penosa ansiedad. Más de una vez seguramente pasaron delante de la casa donde se encontraba secuestrada la joven, muy distantes de imaginar que tenían tan cerca al objeto de su anhelo. A las seis de la tarde volvieron ambos a casa de Gabriel, con la desesperación pintada en el semblante. Gabriel, medio deshecho de fatiga y abrumado de aflicción, se dejó caer en el sofá, sin pronunciar una sola palabra. Hervias dijo a su amigo que era ya indispensable dar parte a la autoridad, y que si Gabriel no lo disponía de otro modo, iría a ver a los alcaldes ordinarios y al mayor de plaza, a fin de que se dictasen algunas providencias. Ambos creían firmemente que Rosalía había sido víctima de un rapto. Pero, ¿quién podía haberlo ejecutado? He ahí lo que no acertaban a imaginar.




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