Historia de un pepe
Historia de un pepe Entretanto, don Feliciano y sus hijos habían vuelto a su casa y no encontrando a Rosalía, no se alarmaron, suponiendo que habría ido a ver a doña Catalina y que volvería pronto. Pero advirtiendo que se hacía tarde y que no regresaba, mandó el capitán a Antonio a casa de Gabriel. Puede considerarse el desagrado de éste y de la señora al oír que Rosalía no estaba en su casa. Inmediatamente se dirigieron a la del maestro de armas, y oyendo que al volver de las tiendas, poco después de las seis, no habían encontrado a Rosalía, comenzó Gabriel a concebir serios temores de alguna desgracia. No sabía qué hacer ni qué partido tomar. Preguntar en las vecindades, buscarla por la ciudad, habría sido dar lugar a comentarios poco favorables. Resolvieron, pues, aguardar, seguros de que sólo alguna casualidad inexplicable haría que la joven estuviese tan tarde fuera de casa.
Aquella infeliz gente estuvo contando las horas con la mayor inquietud. Por último, al dar las doce, Gabriel no fue dueño de contenerse y se lanzó a la calle como un loco, sin saber a dónde dirigirse. Doña Catalina abrumada por la pena, se puso a rezar; los niños lloraban y llamaban a gritos a su hermana, y el capitán acudió a su acostumbrado recurso en las alegrías y en las penas de la vida.