Historia de un pepe

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En aquel momento se abrió violentamente el postigo de la ventana que daba a la calle, y que no tenía reja, y se precipitaron en la sala de la orgía dos oficiales con el uniforme del Fijo. Eran el capitán Hervias y un teniente. El primero llevaba en la mano la espada que acababa de arrebatar a Gabriel, y ceñida la suya a la cintura. La aparición de los dos oficiales y el semblante airado y terrible de Hervias infundieron espanto en hombres y mujeres, que se quedaron como petrificados. Reinó el más profundo silencio donde un momento antes todo era algazara y carcajadas. Hervias paseó una mirada colérica por los grupos que llenaban la pieza, como buscando a alguna persona, y fijándose al fin en Oñate, que trataba de ocultarse, le gritó adelantándose hacia él, con la espada de Gabriel en la mano:

—Tras usted vengo, malvado. Lo he visto por la rendija del postigo que usted abrió, y he comprendido lo que mi pobre amigo no pudo alcanzar en su alucinación. Usted es el autor de esta intriga infame. Debía yo ahora matarlo como a un perro; pero no debo mancharme con un asesinato. Defienda usted su vida.





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