Historia de un pepe

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Diciendo así el indignado joven, cuya mirada parecía despedir relámpagos, alargó la espada a Oñate, que vacilaba en tomarla; pero que al fin hubo de decidirse, aunque temblando de miedo. Hervias desenvainó la suya. Las mujeres, al ver aquello, alzaron el grito y llamaban a la justicia. Los hombres hicieron un círculo al derredor de los combatientes, y el teniente del Fijo, desnudando su acero, dijo en voz alta:

—El combate es igual por ambas partes. Al primero que intente interrumpirlo de cualquier modo lo atravieso con mi espada. ¡Silencio! gritó, dirigiéndose a las mujeres.

No volvió a oírse una voz ni a notarse el más ligero movimiento por parte de los que presenciaban el duelo. Fue éste de corta duración. Oñate no era adversario capaz de sostener las cargas furibundas de Hervias. La espada de éste pasó al través del pecho del contador de diezmos que cayó bañado en su sangre.

En aquel momento, Manuelíta, que estaba inmediata a los combatientes, más pálida que de costumbre y presa de la más violenta agitación, lanzó un gemido sordo, arrojó una bocanada de sangre, y cayó junto al moribundo Oñate.

Hizo éste seña de que quería decir alguna cosa, y todos los presentes se volvieron a él.


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