Historia de un pepe

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—Voy a morir —dijo con voz entrecortada— Reconozco mis faltas. Yo he sido el autor de lo que se ha hecho con Rosalía. Que me perdone y que me perdone también don Gabriel, a quien he ofendido gravemente.

No pudo decir más. Dilató desmesuradamente las pupilas y paseó una mirada extraviada por aquellos grupos de hombres y mujeres que llevaban todavía impresas en sus semblantes las señales de la bacanal, y los cerró en seguida para no volverlos a abrir jamás.

Hervias se dirigió a Rosalía y tomándola por la mano, exclamó:

—Venga usted señorita, salgamos de este infierno. En seguida dijo en voz alta:

—Que se abra inmediatamente la puerta que da a la calle.

La vieja Tatuana, que había acudido al socorro de su hija, corrió a buscar la llave, y volviendo pronto con ella abrió. Salió Rosalía apoyada en el brazo de Hervias y los siguió el teniente del Fijo. En la calle, la pobre joven prorrumpió en llanto y explicó al capitán sencillamente lo que había ocurrido.

—No podía ser de otro modo —exclamó Hervias.

Llegaron a casa del maestro de armas, donde dejó a Rosalía y se dirigió con el teniente a la de Gabriel, que había llegado media hora antes, conducido por el sargento y los soldados de la patrulla, a quienes lo había recomendado el capitán.


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