Historia de un pepe
Historia de un pepe Gabriel, que habÃa recobrado el conocimiento, estaba entregado a la más negra desesperación. Cuando vio a Hervias se arrojó en sus brazos y exclamó sollozando:
—Hermano mÃo, amigo mÃo, ¡qué desgraciado soy!
—Te equivocas —contestó Hervias. Los celos, unos celos incomprensibles, han ofuscado momentáneamente tu juicio. ¿Cómo no has reflexionado que era imposible, absolutamente imposible que RosalÃa hubiera sido capaz de presentarse voluntariamente a semejante infamia?
—¿Y lo que yo mismo he visto? —dijo Gabriel.
Hervias hizo a éste una relación detallada de lo que habÃa referido RosalÃa; en seguida le dijo cómo acababa de morir Oñate y la declaración explÃcita que habÃa hecho en presencia de muchos testigos, uno de ellos el teniente del Fijo que estaba presente.
Gabriel vio disiparse sus negras ideas a medida que oÃa la relación de su amigo, y cuando éste hubo concluido, exclamó:
—¡Oh RosalÃa, RosalÃa! ¡Qué cruel y qué injusto he sido contigo! Corro a pedirle que me perdone.
Salió seguido de Hervias, por el teniente y por doña Catalina, que habÃa escuchado, llorando de júbilo, la relación del capitán.