La hija del Adelantado
La hija del Adelantado —Todo eso es verdad, dijo Robledo; pero también es orgullosa y altiva, y no serÃa imposible encontrar algún medio de herir su amor propio y hacer que se cambiara en odio o en desprecio el afecto que hoy profesa a Portocarrero.
Agustina guardó silencio de nuevo y permaneció un momento con la vista fija en el suelo, con una mirada que podÃa compararse a la de la serpiente cuando fascina a la tÃmida liebre que va a ser su vÃctima.
—Bien, dijo, como hablando consigo misma; veremos si ese amor es tan poderoso para la lucha, como ha sido astuto para ocultarse; y luego, volviéndose a Robledo, añadió:
—Espero nos veremos frecuentemente y que cuidaréis de darme noticias del progreso de la interesante aventura que me habéis referido.
—Aprovecharé con gusto el permiso que me dais para que repita mis visitas, contestó Robledo, levantándose para marcharse, lo que hizo también por su parte el mayordomo; y saludando cortésmente a Agustina, se retiraron.