La hija del Adelantado

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Capítulo VIII

L hombre que acababa de entrar en la sala de Agustina, podría tener unos cuarenta años, aunque su rostro surcado por las arrugas, su cabello y barba encanecidos y su cuerpo ligeramente agobiado, revelaban una vejez prematura, resultado quizá de una vida agitada. Cualquier observador medianamente sagaz, habría adivinado, por el traje y el aire de aquel individuo, que no pertenecía a la clase militar. Vestía un sayo de gamuza, calzones anchos y botas de la misma piel, y al entrar, había arrojado sobre un mueble un sombrero grande y maltratado, sin plumas ni otro adorno alguno. No traía espada, sin embargo de que parecía venir de un largo viaje, y el único objeto por el cual mostraba una atención especial, era una bolsa o saco de cuero, que llevaba a la espalda, pendiente de unas correas, y que colocó cuidadosamente en una mesa.

La mirada penetrante del recién llegado se fijó en Agustina, cuya agitación febril advirtió inmediatamente, y acercándose a ella sin saludarla, le tomó el pulso; con el desembarazo de un médico de profesión.

—¿Qué ha ocurrido aquí de extraordinario? preguntó; ¿ha venido alguien durante mi ausencia?


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