La hija del Adelantado
La hija del Adelantado Si algún resto de duda podía quedar aún en el ánimo de Peraza, no tardó en disiparse don Gonzalo Ronquillo, ansiosísimo de conferenciar con su amigo y confidente, había acudido varias veces a casa del médico a ver si estaba ya de vuelta. Aquella mañana ocurrió temprano, y habiéndosele dicho que don Juan estaba en su gabinete, se dirigió apresuradamente a aquella pieza y entró sin anunciarse. El gabinete del médico—cirujano—herbolario era pequeño y se veía completamente ocupado con redomas y vasijas de diferentes tamaños, que servían para la preparación de las medicinas, pues él mismo componía las pócimas que administraba a sus enfermos. Veíanse también en las mesas y pendientes de las paredes plantas y flores, calaveras y otros huesos de hombres y de bestias, pieles de fieras y esqueletos de aves. Un estante con libros completaba el ajuar de aquel santuario de la ciencia, en el que no penetraban los profanos, estando abierta la entrada únicamente a los amigos íntimos como el Veedor.
—Al fin estáis de vuelta, dijo don Gonzalo, estrechando la mano a su amigo, sin advertir el abatimiento de éste, preocupado él mismo con sus ideas. Sucesos muy importantes han ocurrido durante vuestra ausencia.
—Sí, contestó Peraza, sé que el Adelantado esta de vuelta y que ha tomado nuevamente la vara de la gobernación.