La hija del Adelantado

La hija del Adelantado

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Don Pedro, pálido, extenuado, parecía dormir, con ese sueño agitado que produce la fiebre. Escapábansele frases entrecortadas y palabras sin sentido, tales como torneo, asesinos, Ronquillo, el maleficio, Leonor; sonriendo con tristeza al pronunciar este nombre. Peraza se acercó a la cama sin hacer el más ligero ruido; descubrió el pecho a don Pedro y vio que allí estaba el relicario. Con mucho cuidado fue levantándolo poco a poco la cabeza, y quitándole la cadena de la cual pendía el Agnus. El enfermo parecía sufrir mucho en aquel momento, como si hubiese podido alcanzar intuitivamente lo que hacia el pérfido herbolario. Con voz lenta y apagada, dijo: Ag… nus…, Leo… nor; y levantó la mano hacia el pecho, como buscando la santa reliquia. Tal fue la impresión que experimentó al no encontrarla, que despertó sobresaltado, y recorrió con ojos extraviados toda la habitación. Estaba completamente solo; pues el médico había desaparecido. Don Pedro, aunque muy débil, se lanzó fuera de la cama, y saliendo del dormitorio, llamó a la servidumbre. Acudió esta alarmada, al ver aquel semblante cadavérico, en el cual luchaban la expresión del abatimiento con la de la desesperación.

—¡El relicario! ¡el relicario! gritó Portocarrero; ¿qué se ha hecho del relicario?

Los criados se veían unos a otros sin comprender lo que decía su amo, y tomando aquellas palabras como hijas del delirio de la calentura.


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