La hija del Adelantado

La hija del Adelantado

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—¿Quién ha entrado aquí? dijo don Pedro con voz temblorosa.

—Nadie, contestaron los criados. Dormíais y aguardábamos que llamaseis; permaneciendo lejos, por no molestaros.

—¡Desgraciados! exclamó Portocarrero, me habéis abandonado y Satanás se ha apoderado de mi tesoro, de mi felicidad, de mi única defensa. ¡Maldición!; y diciendo esto, no pudiendo resistir aquel violento esfuerzo, cayó en el suelo sin sentido.

Acudieron en el acto a casa del doctor, quien muy tranquilo, aguardaba aquel llamamiento, seguro de la impresión que causaría al enfermo la pérdida del relicario. Tomó la redoma de plata que contenía el malhadado filtro, y siguió al criado de Portocarrero. Encontró la calentura muy exacerbada; sin embargo de lo cual, impaciente por ver el resultado del bebedizo, removido ya el obstáculo a que atribuía en su credulidad, el ningún éxito de la pócima, le presentó la redoma. Don Pedro la apartó de sí con disgusto y dijo al doctor, de la manera más terminante, que deseaba morir y no tomaría ya medicina alguna. Peraza instó repetidas veces, pero todo fue en vano. Nadie pudo hacerle tomar una sola gota de aquel licor.


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