La hija del Adelantado

La hija del Adelantado

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Peraza había procurado, en vano, ver a doña Juana en el Palacio del Gobernador, en las repetidas visitas que hacía a los dos enfermos puestos a su cuidado. La joven ponía particular estudio en no encontrarse en la habitación de doña Leonor cuando estaba allí el médico, que se desesperaba advirtiendo la tenacidad con que huía de él aquella dama. Doña Juana espiaba desde su habitación la salida del doctor, y luego que este se retiraba, volvía a ocupar su puesto a la cabecera de la cama de la enferma. Cansado el herbolario de aguardar en vano, resolvió una noche ver y hablar a doña Juana, y para conseguirlo, se valió del más sencillo estratagema. A la hora en que acostumbraba a despedirse, salió de la cámara de doña Leonor, y se dirigió a la puerta que daba a la calle; pero, repentinamente, y como si hubiese olvidado alguna advertencia importante respecto a la enferma, retrocedió con precipitación. Como lo había calculado al llegar a la puerta del dormitorio de doña Leonor, encontrose frente a frente de doña Juana, en una espaciosa galería, débilmente alumbrada por la luz de una lámpara, que ardía delante de una imagen de la Virgen, colocada en un nicho abierto en la pared. La joven, aterrorizada, quiso huir; pero no tuvo fuerzas para moverse del sitio en que permaneció. Peraza contempló un momento aquella figura encantadora y le pareció más bella aún bajo la expresión del terror que revelaba su rostro.


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