La hija del Adelantado
La hija del Adelantado —Doña Juana, dijo al fin, con voz entrecortada por la emoción. ¿Por qué os empeñáis en huir mi presencia ¿No veis que no sin algún designio os ha traÃdo el destino en pos de mà al través de los mares
—Don Juan, contestó la joven un tanto recobrada ya de su primera impresión. Bien sabéis qué motivos poderosos me obligan a evitar vuestra presencia. Respetadlos y no insistáis en verme ni en hablarme.
Diciendo esto, la joven quiso retirarse; pero el herbolario, fuera de sÃ, la tomó por un brazo, y poseÃdo de rabia, exclamó:
—¡No! no te marcharás sin escucharme. ¿No basta haberme arrojado como a un perro de vuestra casa, hidalgos orgullosos, porque la suerte no quiso hacerme igual a vosotros en nacimiento Sabed que el tiempo y la fortuna han hecho desaparecer la distancia que un capricho de la naturaleza quiso poner entre los dos. Pronto verás, mujer arrogante, de lo que es capaz el hijo del pechero, que se presentará terrible vengador, para pedirte cuenta de su felicidad destruida. Hoy mismo, añadió el médico, exaltándose cada vez más, hoy mismo puedo anonadar tu existencia miserable y pagar con usura tus crueles ultrajes.
Al decir esto, Peraza, fuera de sà y enajenado por la rabia, sacó un puñal que llevaba oculto en el seno, lo levantó sobre doña Juana, y tirándola fuertemente de un brazo, la hizo caer de rodillas a sus plantas.