La hija del Adelantado
La hija del Adelantado Mientras pasaba esto en el Palacio del Adelantado, el Secretario Diego Robledo, sentía que la pasión que había concebido por Agustina Córdova cobraba todos los días nuevo vigor. Por desgracia para él, su aspecto cadavérico, su mirada torva y apagada, lejos de inspirar simpatías a la viuda, le causaban aversión y repugnancia, por lo que el Secretario, a quien la pasión hacía aún más grotesco, porfiaba en vano, y sin encontrar una repulsa decidida, comprendía muy bien que su afecto estaba distante de ser correspondido. Frecuentando la casa de Agustina, hubo de encontrarse varias veces con el doctor, y no obstante las protestas que la viuda le hizo de que sus relaciones con don Juan eran las más inocentes, el demonio de los celos se apoderó del corazón de Robledo, que no perdonó arbitrio, con el fin de averiguar lo que tuvieran de cierto las crueles sospechas que lo atormentaban. Constante en su sistema de obtenerlo todo por medio del soborno, ganó a fuerza de oro, la confianza de la vieja criada de Agustina, que le reveló las relaciones antiguas de su señora con el herbolario, agregando que don Juan entraba en casa de Agustina como en la suya propia, que se encerraban durante largos ratos en secretas conferencias, aunque ella no podía decir lo que se trataba en aquellas conversaciones reservadas.